jueves, 3 de diciembre de 2015

Joel. Primer vagón. Asiento 01A.

   Tiene 34 años. Hace surf. Y bicicleta. Y corre. Vaya que si corre. Cada semana da rienda suelta a sus endorfinas en el Parque Romano de Las Palmas de Gran Canaria junto a sus amigos. Siempre mejor acompañado. Y así lo hace también cuando va en kayak o en moto de agua. Disfruta de carreras populares en la capital y hasta en Teror. Incluso ha participado en la Travesía a Nado que se celebra cada año entre Lanzarote y La Graciosa. Acude al cine a reírse como el que más en la reciente 'Ocho Apellidos Catalanes'. Y se parte de risa como un espectador más. 

   Se imaginan a una persona joven, deportista, de su generación, ¿verdad? Sí, lo es. Pero también Joel es una persona invidente. No ve. No ve nada. Un desgraciado e infortunado accidente hace ya seis años mientras disfrutaba de un deporte de aventura en el Sur grancanario le cambió la vida para siempre. Joel era (y es) un Ingeniero de Obras Públicas que llevaba un año en la provincia de Cádiz, trabajando. Y se vino a su Gran Canaria natal a pasar un fin de semana, en verano. Uno de esos días, se fue con unos amigos a practicar escalada a la zona de Tiritaña, al Sur de la isla. Y un derrumbe de piedras mientras disfrutaba de uno de sus deportes favoritos hizo que una de ellas le impactara en el rostro. Se pueden imaginar el resto: traumatismo craneoencefálico severo, llamadas de teléfono, ambulancias, nervios, muchos nervios, etc. De camino al hospital sufrió más de una parada cardiorrespiratoria. Y llegó a estar más allá que aquí, ya me entienden. En el Hospital Doctor Negrín de Las Palmas de Gran Canaria estuvo ingresado hasta casi tres meses y padeciendo no pocas operaciones. Un sinvivir para él, y para todos sus familiares y amigos. Imagínense despertarse de un coma o de varias anestesias y encontrarse sin poder ver.. Pues sí. Todo eso lo vivió Joel en carne propia. Pero aquí no estamos para desgracias, sino para todo lo contrario.



Joel
   Según me cuenta, el daño que tiene Joel es solamente neurológico. Aunque parezca mentira, sus ojos realmente no están dañados. Y ahí está su lucha. Joel no puede ver. Y prácticamente tampoco oler. Y digo prácticamente, porque el olfato lo tiene casi anulado. Dos de sus cinco sentidos se han visto  completamente invalidados de un día para otro tras el trágico accidente que sufrió. Y el del gusto, que suele ir unido al olfato, pues casi igual. "El del oído y el tacto los tengo gracias a Dios muy desarrollados, y gracias a ellos tiro hacia adelante", añade.

   Tras el accidente, la primera vez que puso el pie solo en la calle, lo hizo con muchos nervios. "Al principio yo estaba en pañales y todo me costaba. Ese día iba a cortarme el pelo e iba de verdad acojonado. No quedaba lejos, pero yo juraría que hasta los caracoles me adelantaban. Pero era o ponerme las pilas o no iba a empezar a ser independiente", asegura. Aunque cueste creerlo, Joel vive sólo desde hace ya tres años. Me cuenta que la casa la tiene organizada. Sabe dónde tiene cada cosa y qué cajón abrir cuando quiere coger un pantalón, una camiseta o la ropa deportiva. Y ya me deja fuera de juego cuando me comenta que le gusta cocinar. "Me suelo hacer pasta con verduras, pechugas de pollo, sancochar un huevo. El otro día hasta me hice una salsa carbonara casera para unos macarrones". Lo oyes y no te lo crees.

Joel, haciendo deporte con unos amigos.

   Sale a la calle con normalidad ayudado por su bastón. O apoyado en el brazo de la persona que lo acompaña. Vive en un barrio muy concurrido de la capital grancanaria, donde siempre se ha criado, y a pesar de su ceguera, es capaz de indicarle a alguien una calle. "Toda la gente que me encuentro suele ser muy solidaria, me ayudan a cruzar la calle, me advierten de algún obstáculo inesperado, no tengo queja", señala.

Joel surfeando, en una imagen de Miguel Travieso.
   
   Sus aficiones son las de una persona de su edad. Por ejemplo, 'Juego de Tronos' y la lectura, en este caso mediante audiolibros. Acude muy a menudo al cine, "muchísimo más que antes", siempre acompañado de alguien que le susurre las escenas cuando tiene alguna duda de lo que está sucediendo. Y así se las imagina. Suele ir a correr al Parque Romano un par de veces por semana. Le acompañan o un monitor o algún amigo. Van amarrados con una pequeña cuerda por la muñeca, a modo de orientación. Y se considera todo un glotón. Si fuera por él estaría todo el día comiendo potajes, las croquetas de su abuela y las tortillas de mamá. En este sentido su situación actual lo ha hecho unirse más a los suyos. A su familia. A sus amigos. "Si hay algo que me ha cambiado es a la hora de relacionarme con las personas, los pequeños detalles en los que nunca me fijaba ahora los valoro. Y a los míos los tengo más presentes que nunca", precisa.
  

Joel y Mari Pino.
  
   Sus prioridades han cambiado, claro. Hasta en el terreno sentimental. Y ahora es cuando Mari Pino, sentada a mi izquierda, sonríe sonrojada. Joel y ella se conocieron en una cafetería, después de un partido de fútbol de la Selección Española. Allí estaba ella con un amigo en común, y tras el encuentro Joel se acercó y fueron presentados. Y hasta ahora. Se dieron los teléfonos, como cualquier pareja, y quedaron en verse otro día. Así, cita tras cita, al final se dieron una oportunidad. "Yo me enamoro por el oído y por el tacto. Aunque no la puedas ver te la imaginas. El pelo, la oyes reír, tocas su cintura.. Con ella no hay conversaciones aburridas, no hay silencios incómodos, estamos todos el día riéndonos", explica orgulloso refiriéndose a su chica.

   Mari Pino lo oye risueña y no puede evitar acercar su mano a acariciarle su cara. Sonríen los dos. Ella no tuvo tantos reparos a la hora de conocer a un hombre ciego. "Es que para mí es que no es una persona invidente. Es divertido. Y muy positivo. Realmente lo admiro, porque hoy en día no hay hombres como Joel", dice sin dudar de sus palabras. Mari Pino es madre de una chica adolescente que no se corta en llamar a Joel como papá. Y ahí ya hay que derretirse, ¿no creen?. "Y como cualquier pareja, a mí sí me gustaría casarnos y algún día tener hijos, aunque eso tiene que ir poco a poco", dice Mari Pino mientras me guiña un ojo de manera cómplice.

Joel, hace escasas semanas.
Joel ha estado durante un año en Santiago de Compostela, en un centro de investigación neurológica, tratándose de su discapacidad. Ahora a su regreso acude a menudo a un optometrista. "Allí estoy muy contento", aclara. Le pregunto si ha conseguido algún avance, por mínimo que sea, y me cuenta que "una vez con él logré ver algo como una luz o un color lejano. Realmente algo muy extraño y difuso". Algo que, piensa, con estimulación y mucha paciencia algún día puede que vaya a más. También recibe tratamientos de homeopatía y acupuntura. "No voy a cesar en el empeño de que me pueda curar de mi ceguera". Al respecto, Joel no puede ser más optimista. "Yo me dije un día. Levántate y camina. Porque en todos los caminos hay obstáculos. Y hay que venirse arriba, no quedarse parado. Mira.. el ser humano tiene una capacidad de adaptación y sufrimiento impresionante. Y yo no soy un Superman, pero la cuestión es atreverse. Cada uno a su ritmo. Hay que eliminar el 'yo no soy capaz', porque la vida es un regalo que no hay que desaprovechar. Y me queda mucha vida, porque me imagino recuperando la vista algún día. Sin dejar de ser consciente de mi realidad, soy optimista. Sí, lo soy".
 

Mari Pino, Joel y yo, al finalizar el encuentro.
Y con eso me quedo. ¡Qué ganas de vivir! Ha sido un gustazo charlar un rato con Joel y su pareja. El primer pasajero de este 'Tren de los Valientes' que no ha hecho sino pitar y salir de su estación. ¿Se animan a comprar un billete sin un destino concreto? Aquí les espero.

5 comentarios:

  1. Me apunto al tren, sin dudarlo. Se me ha hecho corta la travesía. Enhoeabuena por el blog, Alfonso, eres genial.

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  2. Me apunto al tren, sin dudarlo. Se me ha hecho corta la travesía. Enhoeabuena por el blog, Alfonso, eres genial.

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  3. Gracias por vuestros comentarios! Las ganas de superación siempre merecen ser contadas!

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